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Frases y citas con "Buena Noche"

0 ¡Me encanta! No es para tanto
Enviada por 28 hace 10 años
+2 ¡Me encanta! No es para tanto
Enviada por 23 hace 10 años
0 ¡Me encanta! No es para tanto
Enviada por 29 hace 10 años
Lexicógrafo: Individuo pestilente que so pretexto de registrar un determinado estadio en el desarrollo de una lengua, hace lo que puede para detener su crecimiento, quitarle flexibilidad y mecanizar sus métodos. El lexicógrafo, después de escribir su diccionario, se convierte en "autoridad", cuando su función es simplemente hacer una recopilación y no dictar una ley. El natural servilismo de la inteligencia humana, al investirlo de un poder judicial, renuncia a su derecho a la razón y se somete a una mera crónica como si fuera un estatuto legal. Basta, por ejemplo, que el diccionario catalogue a una palabra de buena ley como "obsoleta" u "obsolescente", para que pocos hombres se atrevan a usarla en adelante, por mucho que la necesiten y por conveniente que sea. De este modo el empobrecimiento se acelera y el idioma decae. Por el contrario, el escritor audaz y cultivado que sabe que el idioma crece por innovación --cuando crece--, y fabrica nuevas palabras o usa las viejas en un sentido poco familiar, encuentra pocos adeptos. Enseguida le señalan agriamente que "eso no está en el diccionario", aunque antes de aparecer el primer lexicógrafo (¡que Dios lo perdone!) nadie había usado una palabra que estuviera en el diccionario. En la época de oro del idioma inglés, cuando de labios de los grandes isabelinos brotaban palabras que formaban su propio significado, evidente en su sonido mismo, cuando eran posibles un Shakespeare y un Bacon, y el idioma, que hoy muere rápidamente por una punta y se renueva despacio por la otra, crecía vigoroso y se conservaba dulce como la miel y fuerte como un león, el lexicógrafo era una persona desconocida, y el diccionario una obra para cuya creación el Creador no lo había creado.
0 ¡Me encanta! No es para tanto
Enviada por 668 hace 10 años
–¿Qué haces en París? –dijo Forestier.
Duroy se encogió de hombros.
–Morirme de hambre –repuso–. Cuando cumplí más años de servicio, quise venir
aquí a hacer fortuna o, si he de serte franco, por vivir en París. Desde hace seis meses
estoy empleado en las oficinas de los ferrocarriles del Norte, con mil quinientos francos
al año. Ni más ni menos.
–¡Caramba! No es gran cosa –murmuró Forestier.
–Desde luego. Pero ¿qué quieres que haga? Vivo solo, no conozco a nadie ni
tengo quien me recomiende. No es voluntad la que me falta, sino medios.
Su compinche lo miró de arriba abajo, como hombre experto que juzga a otro de
una ojeada. Luego exclamó en tono convencido:
–Mira, muchacho: en este mundo todo depende de saber dominar la situación. Un
hombre un poco astuto puede llegar a ministro antes que a jefe de negociado. Hay que
imponerse, no pedir. Pero, ¿cómo diablos no has conseguido cosa mejor que ese
destinillo en el Norte?
Duroy replicó:
–He buscado por todas partes algo mejor, pero nada he conseguido. Sin embargo,
ahora tengo algo a la vista: me ofrecen una plaza de profesor de equitación en el
picadero Pellerín. Alí tendré, por los menos, tres mil francos.
Forestier se paró en seco.
–No hagas eso. Aun en el caso en que te dieran diez mil francos, sería una
estupidez. Te cerrarías de golpe las puertas del porvenir. En tu oficina, siquiera, estás
agazapado; nadie te conoce; puedes salir de allí si te encuentras con fuerzas para ello y
hacer carrera. Pero una vez metido a maestro de equitación, todo habrá acabado para tí.
Sería como si te colocases de maestresala en una casa donde comiese todo París.
Cuando hayas enseñado a montar a caballo a los hombres de buena sociedad o a sus
hijos, ya no podrías considerarte como a un igual.
Calló, reflexionó unos instantes, y, al fin, preguntó:
–¿Tienes el título de bachiller?
–No; me suspendieron dos veces.
–Eso no importa, con tal que hayas cursado todos los años del Bachillerato. Si
delante de tí se hablase de Cicerón o de Tiberio, ¿sabrías, sobre poco más o menos, de
quién se trataba?
–Sí, sobre poco más o menos.
–Bien. Nadie sabe más, salvo una veintena de imbéciles que no sirven para otra
cosa- ¡Bah! No es difícil pasar por fuerte en la materia. La cuestión está en no dejarse
pillar en flagrante delito de ignorancia. Se las va uno arreglando, se esquiva la
dificultad, se sortea el obstáculo y se sale del paso con un diccionario. La mayoría de los
hombres son más brutos que un cerrojo y más ignorantes que las carpas.
0 ¡Me encanta! No es para tanto
Enviada por 23 hace 10 años

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